Estaba ahí sentado. Rondaba los 60, quizá más, quizá menos. Traía consigo un pañuelo. Lo desdoblaba, lo volvía a doblar y lo colocaba dentro de una pequeña bolsa.
Hacía siempre el mismo movimiento, el mismo gesto, el mismo ritual. Traía una pequeña bolsa de papel donde guardaba su hogar: un bote de agua. Lo sostenía con cuidado, con dignidad.
Es una soledad marcada por la pérdida de costumbres, de hábitos. De esa soledad que no eliges: te elige. Pero en él, siempre venía acompañada de una sonrisa genuina.
La trampa de la idealización
A veces idealizamos personas y momentos, y en el proceso olvidamos al que tenemos enfrente: al que nos sonríe, al que nos da los buenos días, al que nos ofrece un consejo sincero, al que es amable con nosotros de manera desinteresada.
Idealizamos lo que no existe, lo que solo vive en nuestra mente. Pero la realidad es la que vivimos a diario: la del que tenemos enfrente. Día a día, momento a momento.
Quizá nunca volvamos a verlos, pero se quedará su esencia. Eso es amabilidad.
No nos olvidemos de los que están. No nos olvidemos de nosotros mismos. Cuando a alguien le importas, se nota, y cuando no se nota, más. Es lo que es, y eso no cambia.
Recordemos que, al final, todos los caminos llevan a casa.